La verdad de la ilusión* ANTONIO TABUCCHI El mundo es realmente extraño, la verdad. Hace veinte años, poco más o menos, hice un viaje a las Islas Azores, un archipiélago que me pareció más imaginario que real. Mejor dicho, tan 'fuera de lugar' respecto a todo que, cuando regresé, tenía la impresión de que también mi viaje había sido imaginario. Había visto ballenas, que hasta entonces me parecían animales imaginarios; había escuchado historias de vidas trágicas, de esas que uno piensa que no existen más que en la literatura; había visto paisajes extraños, que creía exclusivos de los manuales de geografía fantástica, en donde los ananás, los árboles de la piña, se mezclaban con hortensias. Con el objeto de que todo aquello que había visto y vivido no se desvaneciera en el aire como un espejismo, pensé en relatarlo. Así nació un pequeño libro que se llamaba (y se llama todavía) Dama de Porto Pim, y me sentí muy orgulloso, porque pensé que por fin mi viaje adquiría entidad real, empezaba a existir de verdad. Con enorme asombro, en cambio, cuando el libro fue publicado, pude darme cuenta releyéndolo de que todo parecía aún más fantástico. La literatura, con su poder de transformar lo real en hiper-real, lo volvía todo aún más irreal de lo que me había parecido a mí. Me resigné: tal vez la realidad fuera fantástica de por sí. Desde aquel viaje han pasado muchos años y no he vuelto a ir a las Azores. No sé si esas islas siguen existiendo. Probablemente sí, porque las encuentro a menudo mirando mapas geográficos. **** Un día me llegó desde Barcelona un guión cinematográfico. Me lo mandaba mi amigo Toni Salgot, que ya con anterioridad me había expresado su deseo de hacer una película basada en una de las historias de Dama de Porto Pim. Toni, además de dedicarse al cine, pinta. Y los pintores, ya se sabe, transforman la realidad de modo tan personal que acaban por hacer que parezca imaginaria: algo pensado por ellos que existe solo en el interior de su cabeza. Me puse a leer aquel guión, y era tan minucioso, detalle a detalle, al reconstruir la historia que un día me había contado un viejo ballenero, que aquella historia me pareció todavía más irreal. Me pregunté: pero ¿estoy seguro de haberla oído de verdad alguna vez? Seducido por la duda, hice una escapada a Asturias hace algunos meses, a la costa cantábrica donde aquel guión se estaba transformando en cine, pensando que una visita de reconocimiento quizá pudiera proporcionarme alguna respuesta. Y allí me encontré con Toni Salgot, que estaba charlando con una ballena. Le decía: muchas gracias, señora ballena, ha hecho usted un trabajo magnífico, he quedado muy satisfecho, ahora se merece unas buenas vacaciones, puede marcharse para descansar con sus amigos de Greenpeace. Más adelante, en la playa, además de Salgot y de su amiga la ballena, estaba la Dama de Porto Pim en compañía de un desconocido que la llamaba Lucía y que le hablaba, según me pareció, en tono amenazador. El asunto empezaba a inquietarme, así que recorrí el sendero que desde la playa ascendía por la costa y me detuve a reflexionar. ¿Qué estaba ocurriendo? En aquel instante, de una casa del pueblo vi salir a un joven que sostenía un largo bastón sobre los hombros y que, tras montar en una bicicleta, estuvo a punto de rodar por tierra con el ímpetu de la primera pedalada. Ya era casi de noche y el pueblo estaba desierto: ¿adónde podría ir a aquellas horas un tipo en bicicleta con aquel enorme bastón sobre los hombros? Él seguía pedaleando, dando peligrosos bandazos en las curvas, y se acercaba rápidamente en dirección a mí como si le persiguiera el diablo. No podía verme, porque la vegetación me protegía de su mirada, pero yo podía verlo bien y cuando pasó a mi lado lo reconocí perfectamente. Era el joven Lucas Eduino, el ballenero de mi historia. Y lo que llevaba sobre los hombros no era un bastón, sino un terrible arpón de ballenero con la punta de acero que refulgía bajo el claro de luna. En aquel instante lo comprendí todo. Comprendí que estaba a punto de suceder lo irreparable y, con un impulso irrefrenable, eché a correr detrás de él. Lucas, grité, te lo ruego, no lo hagas, te arrepentirás toda tu vida, mira que la historia que estás ejecutando no es verdadera, me la he inventado yo, te lo juro, he hecho creer siempre que me la había contado un viejo ballenero, pero me la inventé yo de arriba abajo, ¡tu historia no existe! Pero él no me oyó. En realidad no podía oírme, porque cada uno de nosotros estaba dentro de su propia historia, él dentro de la suya, que había sido contada por mí, yo dentro de la que ahora estaba negando, y entre nosotros ninguna comunicación era posible. Y entonces me sentí responsable de lo que estaba a punto de suceder, como si yo, al contar aquella historia hace veinte años, hubiera hecho que sucediera ya lo que debía suceder aún. Y en aquel momento, mientras Lucas Eduino se dirigía en bicicleta a matar con su arpón a la mujer que lo había traicionado, comprendí que relatar significa extraer lo existente de lo no-existente, sugerir a la realidad lo que ésta debe hacer. Sobre el acantilado había una casa solitaria donde brillaba una ventana, Lucas se detuvo y llamó a la puerta. Y entonces no aguanté más, huí de allí tan rápido como pude y mientras corría me tapaba los oídos porque no quería oír el grito de una persona que iba a ser asesinada: aquel grito lo conocía ya. Por suerte pasaba un coche e le hice gestos para que se detuviera. Por favor, le dije al conductor, déjeme montar, lléveme lejos de aquí. ¿Adónde?, me preguntó amablemente el conductor, ¿adónde quiere que le lleve? Quiero salir de una historia, balbuceé de manera confusa, no importa a donde vayamos, basta con que usted me permita evadirme de una historia, la he inventado yo, pero ahora quiero salir de ella. No le entiendo, respondió perplejo el conductor. No importa, dije entrando en el coche, no importa si lo entiende o no, el caso es que los escritores como yo son unos irresponsables, y también un poco cobardes, porque se inventan historias a las que luego temen. El hombre esbozó una amplia sonrisa y el gesto de su brazo, que señalaba la escena que teníamos delante, pretendía ser tranquilizador. Desde allí, del borde de la carretera, se veía el otro lado del equipo de rodaje: los reflectores de la luz, los cables eléctricos, las grúas de los micrófonos, los extras, el sillón del director y de su ayudante, y a Toni Salgot, que en silencio, con los brazos en alto le sugería a Lucas Eduino el movimiento exacto que debía realizar para hundir su arpón en el cuerpo de la Dama de Porto Pim. Pero ¡si no es de verdad!, exclamó el amable conductor, es todo una ilusión, se trata sólo de una película, ¿de qué tiene miedo? (Traducción de Carlos Gumpert) *: El presente texto aparece como prólogo al guión de la versión cinematográfica de Dama de Porto Pim , dirigida por J. A. Salgot, publicado por la Caja de ahorros de Asturias © EL PAIS Internacional, SA. Todos los derechos reservados.
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